Descargar PDF Bajo la piel del océano: La vida marina como nunca te la habían explicado

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Epigenoma - para cuidar tu cuerpo y tu vida David Bueno i Torrens. El cerebro del rey Nolasc Acarín. La gravedad Carlos Barceló Simón. El orden del tiempo Carlo Rovelli. El cerebro altruista - Por qué somos naturalmente buenos Donald Pfaff. Los siete pilares de la sabiduría estadística Stephen M.

En el estudio, publicado en la revista PLOS ONE , Anderson y su equipo usaron un submarino de control remoto para visualizar los tres cuerpos, sumergidos a metros de profundidad, en tres lugares diferentes de las aguas saladas de Saanich Inlet , cerca de Vancouver Island. Se sirvieron de sensores para medir los niveles de oxígeno del agua , así como su temperatura, salinidad y otros factores. La explicación estaba en los niveles de oxígenos de las aguas en las que se encontraba ese tercer cuerpo, que había sido arrojado a las aguas de Saanich Inlet cuando estas no tienen oxígeno ocurre en algunas épocas del año.

Los otros dos cuerpos fueron sumergidos cuando sí había oxígeno en las profundidades de esas aguas. Cuando los niveles de oxígeno son bajos o inexistentes, los animales no se acercan a comer a esas profundidades. Le abrazo y se me escapa. Lloro y se rie de mi. Quien eres tu, que te escondes en mis sombras, dejame solo?.


  1. Antologia de Pablo Neruda.
  2. Sueños en tránsito: Crónicas de migración.
  3. La ciudad de la niebla ( ilustrado )!

Grito y se hace el sordo. Me susurra y no le entiendo. Hablo con el a todas horas y creo que usamos idiomas distintos. Repito quien coño eres??? Siento como corre el sudor por mi frente. Es tarde, de noche. El largo tunel del metro parece no tener fin. Tiemblan mis manos, estoy muy cansada intento pensar en algo agradable pero mi mente se dirige una y otra vez al mismo lugar, el recuerdo imborrable del rictus de la muerte en su cara. Para él no tiene remedio y par mí ya nada tiene sentido. Bajo del metro y recorro lentamente los trescientos sesenta y cinco escalones que me conducen a él.

El reo temblaba. Su corazón era una locomotora mandando una presión enorme e innecesaria a su cuerpo inmóvil.

La vista se le nublaba en rojo. Oía el murmullo de la muchedumbre de la plaza, pero no era capaz de fijar la vista. Buscaba piedad en los ojos de los coraceros, en los vendedores de barquillos, en los del diputado regional. El verdugo puso sus manos en los remates esféricos de las palancas. Hubo un chirrido y un clac. Hubo un murmullo. La abrazadera izquierda del lazo había saltado. El verdugo miraba la tarima del patíbulo.

Allí encontró la cabeza del tornillo. Y se cumplió la sentencia. Sé que a sucedido, pero no puedo recordar ni cuando ni donde,no me atrevo a mirar el rostro en descomposición que yace junto al mío propio, en una cama de la que no puedo salir, inmovilizado por la angustia de afrentar la verdad Puede que todo sea un mal sueño y despierte con una carcajada disipando con ella los terrores de una pesadilla Voy a hacerlo, me levantaré y Quiero gritar pero no puedo, estoy muerto. Vi el fluorescente pestañeando molestamente. Sentí que algo me atenazaba el cuerpo, que no podía moverme, pero tampoco podía verlo porque la cabeza no respondía a mis órdenes.

Intentaba protegerme de sus destellos pero las manos no acudían al socorro de los ojos. Sabía que estaba en el suelo pero no sentía frío. Me sonaba familiar pero no entendía nada. Como si las palabras llegaran a mi cabeza y se frenaran sin alcanzar su sentido. De repente, sentí una agobiante explosión en el pecho, me incorporé y lancé por la boca algo viscoso. No sabía donde estaba. Mis amigos habían dejado de sonreír; ahora sus caras se habían tornado en un aterrador espejo de mí mismo.

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Me froté los ojos, me dolían, y pude comprobar que la hoja de un poderoso cuchillo asomaba bajo mi barbilla. Por una vez en la vida había tenido un cumpleaños especial.


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    Rafael Abalos. Habían pasado unos meses desde que llegué.

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    Todas las noches me desvelaba la maldita carcajada. Estruendosa,inquietante, reveladora, impertinente Se prolongaba durante unos minutos protagonizando y monopolizando todos los sonidos de mi habitación. Y me golpeaba. Y me torturaba. Luego, silencio. Todo parecía volver a la normalidad. Pero si hace tiempo que ya no recordaba qué hacía allí. Ni por qué. La carcajada se prolongó hasta el infinito. Estaba muerto.

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    El primer dedo apareció en su oficina: "nada de policía". Con el cuarto dedo se supo de las pretensiones: una cifra y una advertencia. Atienza soltó una carcajada de impotencia y terror y repentinamente comenzó a llorar desconsoladamente. Un día después, bajo los efectos de los sedantes, supo de boca de Llorens que los dedos sexto y séptimo estaban ya en poder de la policía científica. Dos semanas sin saber del octavo dedo. Ninguna pista Pasarían diez días, cuando la policía condujo al sr.

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